Una esquina en penumbras en medio de una de las calles más transitadas del barrio de moda, un espacio alumbrado por el fuego que te hace olvidar por unos minutos que afuera sigue el caos. La barra irregular terracota, como una serpiente que te enreda y la cera de las velas, como volcanes incandescentes, son el escenario perfecto para una noche de pláticas largas con tragos de la casa y algo tranqui para picar.
La carta de alimentos es corta pero diversa, habas enchiladas con quesillo para una botana muy clásica; queso manchego con fuet si quieres sabores más maduros, y los montados en pan, sardinas con tomate, sobrasada con betabel y un delicioso pesto con mortadela y burrata. Mención especial a la tortilla española, que no sólo es lo que está mejor servido, sino que está en su punto, húmeda y perfecta.
Al ser la primera vez, decidimos conocer los Tramposos, cuatro tragos de la casa con sabores y tonos muy distintos entre ellos, el Remedio casero, que condensa la frescura del pepino y la dulzura de la miel; el especiado, Inmerso, con piña y eneldo; el fresquísimo Zacatlán, con sidra y té limón (nuestro favorito); y hasta un postrecito, Duraznos con crema, que es un cierre perfecto para una noche en la que caer en la Trampa es un deseo y no un peligro.
En general, la Trampa logra el cometido de ser un espacio tranquilo para disfrutar la noche y probar sabores nuevos, ambientado para alimentar el misterio con tragos que no exceden el precio de la zona. Aunque la comida es un poco cara, es de buena calidad y cumple perfectamente para acompañar una noche de tragos.
–Aura Mendoza
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