Un restaurante que te recibe con esculturas de los legendarios guerreros de terracota merece la atención, aunque los fines de semana la lista de espera para una mesa puede ser más larga y tortuosa que caminar la muralla china bajo el sol.
La ambientación del lugar me hizo sentir que estaba en alguna misión secreta con meseros ninja que aparecen cuando se les necesita, y que la posibilidad de que el caballo que se encuentra a medio salón se autodestruya no sea remota.
Se trata de uno más de la cadena de más de 300 lugares de cocina chino-americana (que es como el tex-mex de la gastronomía mandarín, pero no por ello menos deliciosa) que ha establecido un nuevo estandard en comida oriental. El menú contiene las creaciones del chef Philip Chiang, que emigran de lo dulce a lo salado pasando por la estimulación de las papilas gustativas vía sensaciones picantes y sabores agridulces. Manjares salpicados por destellos de colores que según un amigo gourmande, entre más gama tonal tenga un platillo asiático, mejor sabe.
Mi mesero practica la lectura de mente por lo que ha adivinado mi tipo de sed. Una copa de White Zinfandel de Napa Valley y otra de ST Rosé de Santo Tomás de Baja California aparecen en mi mesa para tomar una decisión. El ejercito de meseros lleva en las charolas promesas de amor oriental.
Conviene ir muy bien acompañado para poder meter el tenedor en el plato ajeno y hacer una orgía de sabores. Semejante banquete no estaría completo sin un ladrillo de chocolate con frutos rojos llamado Great Wall of Chocolate.